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La impermanencia, por Sogyal Rimpoche

Citado de: Sogyal Rimpoche, "El libro tibetano de la vida y la muerte"


La impermanencia
 
Para empezar a privar a la muerte de su mayor ventaja sobre nosotros, adoptemos una actitud del todo opuesta a la común; privemos a la muerte de su extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella; no tengamos nada más presente en nuestros pensamientos que la muerte. No sabemos dónde nos espera la muerte: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo.
Montaigne
 
¿Por qué exactamente nos asusta tanto la muerte que nos negamos en redondo a contemplarla? Dentro de nosotros, en lo más hondo, sabemos que no podremos evitar eternamente enfrentarnos a la muerte. Cuanto más tardamos en afrontar la muerte, cuanto más la borramos de nuestros pensamientos, mayores son el miedo y la inseguridad que se acumulan.
La muerte es un enorme misterio, pero de ella se pueden decir dos cosas: es absolutamente cierto que moriremos, y es incierto cuando y cómo moriremos. Entonces, si es incierto el momento en que llegará, ¿por qué postergar el afrontarla directamente en forma reflexiva?
Quizá la razón más profunda de que temamos a la muerte es que ignoramos quiénes somos. Creemos en una identidad personal, única e independiente, pero, si nos atrevemos a examinarla, comprobamos que esa identidad depende por completo de una interminable colección de cosas que la sostienen: nuestro nombre, nuestra "biografía", nuestra profesión, nuestra familia, amigos, etc... Es de este frágil y efímero sostén de lo que depende nuestra seguridad. Así que, cuando se nos quite todo eso, ¿tendremos idea de quiénes somos en realidad?
Sin nuestras propiedades conocidas, quedamos cara a cara con nosotros mismos: una persona a la que no conocemos, un extraño inquietante con quien hemos vivido siempre pero al que en el fondo nunca hemos querido tratar. ¿Acaso no es ese el motivo de que tratemos de llenar cada instante de ruido y actividad, por aburrida y trivial que sea, para evitar quedarnos a solas con ese desconocido?
Este mundo puede parecer maravillosamente convincente hasta que la muerte nos destruye la ilusión y nos saca de nuestro escondite. ¿Qué será entonces de nosotros si no tenemos la menor idea de una realidad más profunda?
Cuando muramos lo dejaremos todo atrás, sobre todo este cuerpo al que tanto hemos apreciado. Pero la mente no es más fiable que el cuerpo. Fíjense unos minutos en su mente. Comprobarán que es como una pulga, que no cesa de saltar de un lado a otro. Verán que los pensamientos surgen sin ningún motivo, sin ninguna relación. Arrastrados por el caos de cada instante, somos víctimas de la volubilidad de nuestra mente. Si éste es el único estado consciente con el que estamos familiarizados, confiar en nuestra mente en el momento de la muerte es una apuesta absurda.
Sin embargo, si nuestro deseo más profundo es vivir y seguir viviendo, ¿por qué insistimos ciegamente en que la muerte es el fin? ¿Por qué no intentamos al menos explorar la posibilidad de que exista una vida más allá? ¿Por qué, si somos tan pragmáticos como pretendemos, no empezamos a preguntarnos seriamente dónde está nuestro futuro real? Después de todo, nadie vive más de cien años. Y después de eso se extiende toda la eternidad, sin ser tenida en cuenta...


La muerte en el mundo moderno

Una de las mayores sorpresas con las que se encuentra un maestro budista al llegar a Occidente es el contraste entre las actitudes hacia la muerte.
A pesar de los grandes éxitos tecnológicos, la sociedad occidental en la que nos hemos criado, carece de una verdadera comprensión de la muerte.
Desde pequeños se nos enseña a negar la muerte. Se nos enseña que no significa otra cosa que una terrible pérdida. Esto nos lleva a vivir día tras día, o bien negando la muerte o aterrorizados por ella. Muchos hasta llegan a pensar que hablar sobre la muerte es algo morboso, e innecesario.
Otra actitud bastante habitual es la de contemplarla con buen humor, de una manera ingenua e irreflexiva, pensando que, por alguna causa desconocida, la muerte les irá bien y que no hay de qué preocuparse. Total, morirse es algo que le pasa a todo el mundo; no es nada grave, es un hecho natural. Esa es una teoría muy bonita hasta que llega el momento de la muerte.
Estas dos actitudes hacia la muerte, una que la considera algo de lo cual hay que escabullirse y la otra que la considera como algo que se resolverá por sí solo, ambas están lejos de comprender la verdadera importancia de la reflexión sobre la muerte.
La muerte no es deprimente ni emocionante, es sencillamente un hecho de la vida. Según la sabiduría de Buda, podemos utilizar nuestra vida para prepararnos para la muerte. No tenemos que esperar a que la dolorosa muerte de un ser querido nos obligue a examinar nuestra vida. Tampoco estamos condenados a ir a la muerte con las manos vacías, al encuentro de lo desconocido. Podemos empezar aquí y ahora a encontrarle un sentido a nuestra vida.
Nuestra exploración empieza necesariamente con una reflexión directa sobre el significado de la muerte y las múltiples facetas de la verdad de la impermanencia. La contemplación profunda del mensaje secreto de la impermanencia nos lleva directamente al corazón de las antiguas y profundas enseñanzas tibetanas: la introducción a la "naturaleza esencial de la mente", nuestra esencia íntima, esa verdad que todos buscamos. Comprenderla es la clave para comprender la vida y la muerte; porque lo que ocurre en el momento de morir es que la mente ordinaria y sus conceptos ilusorios mueren, y en ese espacio que se abre se revela, ilimitada como el cielo, la naturaleza de nuestra mente. Esta naturaleza esencial de la mente es el telón de fondo de toda la vida y la muerte, como el cielo, que abarca a todo el universo en su abrazo.
Las enseñanzas dejan claro que, si todo lo que conocemos de la mente es ese aspecto de ella que se disuelve al morir, quedaremos sin tener ninguna idea de lo que sigue, ningún conocimiento de esa nueva dimensión de la realidad más profunda de la naturaleza de la mente. Así pues, es esencial que nos familiaricemos con la naturaleza de la mente cuando aún estamos vivos. Sólo entonces estaremos preparados cuando se revele espontánea y poderosamente en el instante de la muerte.
La descripción de la naturaleza de la mente conduce naturalmente a una instrucción completa sobre la meditación, ya que la meditación es el único medio por el que podemos desvelar repetidamente y poco a poco comprender y estabilizar esa naturaleza de la mente.

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